Vida y entorno: la carrera científica de Henry Thoreau (3. Holismo empírico)

Finalmente, he podido concluir la tercera de estas tres entradas compilatorias de fragmentos sobre la carrera científica de Thoreau. En los próximos días añadiré, en la sección de ensayos, una versión revisada de todas ellas en un único archivo.

En la primera, introduje la influencia de dos autores fundamentales, Humboldt y Darwin; en la segunda, desarrollé algunas ideas entorno al ecocentrismo y la importancia del concepto de cosmos. En esta tercera entrada atenderé a otro concepto clave que, a partir de la influencia de la ciencia humboldtiana y a través de las simpatías científicas de Thoreau y su posterior afiliación al evolucionismo, permite dar una explicación coherente del tránsito por el que se distanció del transcendentalismo emersoniano: el holismo empírico. Este concepto, con el que Laura Walls intenta ahondar en las características del empirismo thoreauviano, se opone en muchos aspectos fundamentales a la propuesta del transcendentalismo expuesto por Emerson, que la autora denomina “holismo racional”.

El empirismo de Thoreau

Cabe comenzar esta antología con una referencia a Walden:

Todo hombre es el constructor de un templo, llamado su cuerpo, para el dios que adora, detrás de un estilo puramente propio, del que no puede zafarse martilleando el mármol en su lugar. Todos somos escultores y pintores, y nuestro material es nuestra propia carne y sangre y huesos. Cualquier nobleza comienza inmediatamente a refinar un rasgo del hombre, cualquier codicia o sensualidad a embrutecerlo. (Thoreau, Walden, p. 245)

Esta afirmación se mantiene en la línea habitual del transcendentalismo, pero podemos sospechar que hay algo más detrás de ella. Thoreau, frente a gran parte del discurso transcendentalista, hace continuas referencias al hábito cotidiano, al cuerpo y a los sentidos como una fuente ineludible de conocimiento. Otros transcendentalistas, como Emerson o Alcott, dedicaban sus escritos a explicar la conexión con lo espiritual más allá del mundo. Esto hace pensar que para Thoreau, de algún modo, lo espiritual no está más allá de lo sensible. Esta misma sospecha da pie a la tesis de Laura Walls respecto al holismo empírico de nuestro autor.

El extenso ensayo de Emerson, Nature, presentó a sus lectores una vía para reunir la desgarrada trinidad, Naturaleza, Dios y Hombre, a través de la recuperación del espíritu que fluía atravesando todo y atándolo a una única ley. Este programa descansa sobre la creencia de que el universo está creado como una totalidad, entera y completa y en proporción a nuestras mentes. […] Esta creencia y el programa de consolidación que descansa sobre ella forman el punto clave de ese complejo que quiero llamar holismo racional (Walls, Seeing New Worlds, p. 60)

En el giro de la década de 1850, Thoreau se movió a través de la crisis producida por sus circunstancias externas y las contradicciones internas del holismo racional, hacia un nuevo programa para su carrera, uno que le permitiría fusionar la poesía y la ciencia, informaciones de la naturaleza y aspiraciones espirituales. (Walls, Seeing New Worlds, p. 134)

En los años posteriores a 1850, lo que Thoreau se esforzó en crear fue, en cierto sentido, una nueva forma de ciencia, una scientia que fuera más relacional que objetiva. Este “conocimiento relacional” extendía y aplicaba las posibilidades abiertas por la desintegración del dualismo sujeto/objeto (Walls, Seeing New Worlds, p. 147)

El compromiso de Thoreau con la experiencia, pero sobre todo con la intimidad entre el sujeto cognoscente y el objeto conocido, hizo que aumentara su rigor científico y su interés por las precisiones epistemológicas. Incluso algunos de sus ensayos, como “Night and Moonlight” y “Walking”, pueden leerse como reflexiones en este campo.

Lo que llamamos conocimiento es a menudo nuestra ignorancia positiva; la ignorancia nuestro conocimiento negativo. (Thoreau, “Walking”, p. 239)

Pero ya en Walden hay una gran aproximación a la cuestión del conocimiento directo de la realidad. Si bien hay que tener en cuenta que hablar de realidad, a secas, no equivale a defender un empirismo; no obstante, todo Walden es especialmente empírico en cuanto que Thoreau continuamente remite a la experiencia en primera persona.

Si la campana suena, ¿por qué debemos correr? Consideremos a qué tipo de música se parece. Vamos a establecernos, y a trabajar y colocar nuestros pies más abajo atravesando el barro y el fango de la opinión, y el prejuicio, y la tradición, y la desilusión, y la apariencia, y el aluvión que cubre el globo […] hasta que alcancemos un sólido fondo duro y rocoso, que podamos llamar realidad, y decir “Esto es, no hay error”, […] un lugar donde puedes cimentar un muro o un estado, o poner un poste con seguridad, o quizás un medidor, no un Nilómetro, sino un Realómetro […]. Sea vida o muerte, sólo anhelamos la realidad. (Thoreau, Walden, pp. 108-109)

Un punto clave para entender por qué el filósofo de Concord desarrolla un holismo empírico, al menos en Walden, está en su relación con el entorno natural.

Experimenté a veces que la más dulce y tierna, la más inocente y alentadora sociedad, puede encontrarse en cualquier objeto natural, incluso para el pobre misántropo y el hombre más melancólico. […] Mientras disfruto de la amistad de las estaciones, confío en que nada puede hacer de mi vida una carga. (Thoreau, Walden, p. 145)

Para Emerson, esta amistad sería imposible debido a que, según la teoría que expone en Nature, en la naturaleza perceptible no hay espíritu con el que dialogar, alguna razón que nos responda. El mundo material se presenta conteniendo el espíritu o reflejándolo; el cuerpo humano contiene un alma que conecta con el espíritu transcendente, mientras que el resto de cuerpos sólo se disfrazan o adoptan superficialmente el orden espiritual. Pero para Thoreau no hay en la naturaleza un mero reflejo sino un interlocutor; en la materia está todo lo espiritual que podemos conocer, y así leemos por ejemplo en “The Succession of Forest Trees” que se refiere a las acciones de la Naturaleza (con esa mayúscula empleada para hablar de un orden transcendental) cuando describe la interacción de los animales, vegetales y elementos climáticos. Por ejemplo, en su descripción de los modos de transporte de las semillas menos ligeras, las que no tienen por sí mismas alas o sistemas por los que trasladarse aprovechando el viento:

Así, aunque las semillas no están provistas de alas vegetales, la Naturaleza ha impulsado a la tribu de los zorzales para llevarlas en sus picos y volar lejos con ellas; y están alados en otro sentido, y más eficazmente que las semillas de los pinos, por lo que pueden transportarse incluso contra el viento. (Thoreau, “The Succession of Forest Trees”, p. 188)

Pero en este ensayo, más centrado en el estudio científico que en la reflexión sobre tal estudio, encontramos menos pistas, o más difíciles de descifrar, en cuanto al holismo empírico de Thoreau y su epistemología. En “Walking”, así como en múltiples entradas de sus diarios, hay mejores muestras de ello:

No querría que todo hombre o toda parte de un hombre esté cultivada, más que querría que todo acre de tierra estuviera cultivado: una parte estará labrada, pero la mayor parte será campo y bosque. (Thoreau, “Walking”, p. 238)

concordriver

Concord River

La ciencia no incorpora todo el conocimiento de los hombres, sólo el que tienen los hombres de ciencia. El hombre de los bosques me dice cómo cogió una trucha con una caja-trampa, cómo hizo su cuba para savia de arce con tablones de pino, y los bebederos de zumaque o fresno blanco, que tienen mucho tuétano. Él puede relatar estos hechos de la vida humana.

El conocimiento de un hombre iletrado está vivo y exuberante como un bosque, pero cubierto con musgo y líquenes y en su mayor parte inaccesible y desperdiciándose; el conocimiento de un hombre de ciencia es como la madera recogida en el campo por trabajadores públicos, que están dejando un brote verde aquí y allá, pero incluso esto está sujeto a la putrefacción. (Thoreau, Journal, 7 de enero de 1851)

En el sentido aquí expuesto hará su aparición el concepto de wildness, de la salvajez o, por emplear una traducción menos convencional pero más adecuada a la definición thoreaviana, el entusiasmo. La wildness es un aspecto diferenciador, que divide radicalmente el holismo racional y el empírico. Walls señala que, mientras para el primero el orden del mundo en su totalidad está predefinido y es accesible racionalmente, para el segundo hay una importante indeterminación que requiere mayor conocimiento práctico, interacción con el entorno específico, o con los tiempos actuales, y una revisión continua de nuestros conceptos y conocimientos. La wildness implica cambio, mutación, vida y muerte, sensibilidad, materialidad… El transcendentalismo de Emerson (racional) no encuentra en ello algo más valioso que en el orden ideal, e incluso lo desprecia como un devenir que impide apreciar la verdad. Pero para Thoreau el orden es algo unido a la materia, en una especie de recuperación del hilemorfismo aristotélico. Por ello conocer el mundo es algo más que abstraerlo a partir de observaciones estáticas; requiere una interacción íntima y una simpatía, un proceso intersubjetivo y, sobre todo, entusiasta.

Lo más alto que podemos alcanzar no es el Conocimiento, sino la Simpatía con la Inteligencia. (Thoreau, “Walking”, p. 240)

Bibliografía

  • Thoreau, Henry David, The Writings of Henry David Thoreau. Journal, 14 vols., Boston: Houghton Mifflin & co., 1906.
  • Thoreau, Henry David, “The Succession of Frest Trees”, en The Writings of Henry David Thoreau, vol. V, Boston: Houghton Mifflin & co., 1906.
  • Thoreau, Henry David, “Walden”, en The Writings of Henry David Thoreau, vol. II, Boston: Houghton Mifflin & co., 1906.
  • Thoreau, Henry David, “Walking”, en The Writings of Henry David Thoreau, vol. V, Boston: Houghton Mifflin & co., 1906.
  • Walls, Laura Dassow, Seeing New Worlds: Henry David Thoreau and Nineteenth-Century Natural Science, Madison: The University of Winsconsin Press, 1995.

 

 

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Nuevo contenido y próximas publicaciones: Manzanas Silvestres y La Sucesión de los Árboles Forestales

He decidido, a partir de este año, eliminar la venta de “Manzanas Silvestres” en formato digital (pdf). En su lugar, podéis descargarlo gratuitamente en la sección de Traducciones. Allí está el texto íntegro junto a mi introducción, revisado tras su publicación. Además, aún puede adquirirse en formato físico a través de Amazon, a un precio mínimo (4 euros).

También anuncio que en las próximas semanas publicaré la última parte de la selección de textos dedicada a la carrera científica de Thoreau, así como la traducción de “La Sucesión de los Árboles Forestales”, que estoy actualmente terminando. Espero que pueda estar todo hecho, como muy tarde, dentro de dos semanas. Ambos textos estarán disponibles para su descarga en formato pdf.

En cuanto a próximos proyectos, estoy abierto a sugerencias, pero debido a que casi todos los ensayos de Thoreau han sido ya traducidos, con mayor o menor acierto y rigurosidad, y pueden adquirirse con relativa facilidad, no veo actualmente algo más sugerente que traducir selecciones o partes completas de sus diarios. Además, iré publicando comentarios y ensayos a medida que continúe mis investigaciones, tanto en el marco de mi tesis doctoral como al margen de la misma (actualmente, más centradas en la relación con la ciencia natural y con el ecologismo). Creo que un extenso comentario, o unas notas minuciosas, sobre algunos capítulos de Walden o sobre ciertos ensayos (“Walking”, “Life without Principle”, “Slavery in Massachusetts”, o “Resistance to Civil Government”) podrían ser especialmente interesantes, o bien realizar unas introducciones o guías de lectura para quien se encuentre, como a menudo sucede, el texto traducido sin notas ni introducción. De nuevo, insisto en que estoy dispuesto a aceptar sugerencias al respecto.

Sobre el proyecto que he iniciado en torno a los estudios de historia natural, dedicaré el tiempo que pueda a añadir, junto a “Manzanas Silvestres” y “La Sucesión de los Árboles Forestales”, una traducción comentada de “Colores Otoñales”, y, si me es posible, a realizar una edición revisada de todos ellos junto a un estudio sobre los últimos manuscritos de Thoreau. Por supuesto, planteo esto como un trabajo a largo plazo que no espero poder terminar pronto, debido a la extensión de estos manuscritos y la complejidad de sus relaciones con los estudios científicos de la época.

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Vida y entorno: la carrera científica de Henry Thoreau (2. Cosmos y sensación del lugar)

Continuamos con la segunda parte de esta antología sobre la carrera científica de Thoreau. En la anterior publicación comentábamos la influencia de Humboldt y Darwin, así como la aproximación progresiva de nuestro autor a la ciencia empírica. Dejaremos para el final la cuestión particular del empirismo. En esta parte quiero abordar otro tema que se alza como uno de los más conflictivos dentro de las interpretaciones más actuales de la filosofía thoreauviana: el ecocentrismo.

Tal vez la obra más extensa dedicada a dilucidar la importancia del entorno natural en los escritos de Thoreau (The Environmental Imagination, de Lawrence Buell) es también uno de los estudios sobre el tema que menos aclara esta cuestión. Buell, interesado especialmente por el aspecto literario, plantea de forma muy escueta la dificultad de describir una literatura en la que el entorno sea el protagonista en lugar del narrador, más aún desde la celebrada primera persona de Thoreau. No obstante, quiero plantear aquí una perspectiva muy diferente: pues no me refiero (o no solamente) a un estilo literario, sino a una exposición de conceptos y un discurso filosófico ecocéntrico. El argumento de Buell contra esta perspectiva consiste en una supuesta incompatibilidad entre el interés científico y la perspectiva ecocéntrica, que no obstante William Rossi (en “Thoreau’s Transcendental Eccocentrism”) ha argumentado que no es necesaria. Para entender esto hay que profundizar en el modelo científico perseguido por Thoreau, especialmente en su multidisciplinariedad y en la concepción del mundo como un cosmos del que el observador siempre forma parte. A esto han contribuido enormemente las investigaciones de Laura Walls.

Del cosmos griego al ecocentrismo

Una sensación del lugar, una conciencia de los alrededores físicos de uno mismo, es una experiencia humana fundamental. Eso significa más para Thoreau. (Kamioka, “Thoreau’s Real Sense of Place in Walden”, p. 13)

El artículo de Katsumi Kamioka, breve pero muy conciso, destaca la particularidad de la relación con el entorno del autor de Walden. Los lectores de esta obra conocemos muy bien esa intimidad, en el sentido positivo que expone el autor. Aunque también es muy significativo el sentido negativo que presenta tanto en Walden como en su ensayo “Pasear”, del que ya citábamos en el apartado anterior un importante fragmento dedicado a la concepción del cosmos. Partiendo de esta idea, podemos adentrarnos en la centralidad del entorno para el conocimiento y para el desarrollo ético humano.

La Naturaleza es una profesora instruida e imparcial, que no difunde opiniones vulgares ni adula; nunca será radical ni conservadora. (Thoreau, “Night and Moonlight”, p. 332)

Las numerosas descripciones, imágenes, mitos, etc. que emplea Thoreau a lo largo de sus obras reflejan esta importancia.

Es placentero pasear sobre estos lechos de hojas frescas, crujientes y susurrantes. ¡Con qué belleza van a sus tumbas! ¡Con qué suavidad yacen y vuelven al moho! […] ¡Cuánto ondean antes de descansar tranquilamente en sus tumbas! Ellas, que se elevaron con tanta altanería, ¡con qué satisfacción regresan al polvo otra vez, y se echan, resignadas a yacer y degradarse al pie del árbol, y proporcionan nutrientes a las nuevas generaciones de su especie, así como aleteaban en lo alto! Nos enseñan cómo morir. Uno se pregunta si alguna vez llegará el momento en que los hombres, con su presuntuosa fe en la inmortalidad, yazcan con tanta gracia y tanta madurez. (Thoreau, “Autumnal Tints”, pp. 269-270)

 

Había un caballo muerto en un agujero de camino a mi casa, que me obligaba algunas veces a salirme de mi camino, especialmente por la noche cuando el aire era más pesado, pero la certeza que me daba del fuerte apetito y la inviolable salud de la Naturaleza me compensaba por ello. Adoro ver que la Naturaleza está tan llena de vida que puede permitirse sacrificar a una miríada y soportar que cacen a otra; […] ¡y que a veces llueva carne y sangre! (Thoreau, Walden, p. 350)

Estas explicaciones del mundo natural coinciden con una idea fundamental que observamos como uno de los puntos clave del capítulo sobre la primavera, en Walden: la inocencia. Los procesos naturales son éticamente inocentes para Thoreau, no pueden ser acusados de maldad al igual que el infante, o que las comunidades humanas salvajes (aunque actualmente esta terminología esté en cuestión) que se relacionan con su entorno manteniendo gran parte de esos impulsos y dictados naturales. Esto nos recuerda, inevitablemente, al buen salvaje de Rousseau, especialmente cuando señala su incapacidad para actuar moralmente mal, por el simple hecho de desconocer lo que la civilización llama “bien”.

Podría decirse que los salvajes no son malos precisamente porque no saben lo que es ser buenos, puesto que no es ni el desarrollo de las luces, ni el freno de la ley, sino la calma de las pasiones y la ignorancia del vicio quienes les impiden hacer el mal. (Rousseau, Discurso sobre el origen y el desarrollo de la desigualdad entre los hombres, p. 148)

Con una especie de elogio hacia esta noción rousseauniana, leemos en “Primavera”:

En una placentera mañana de primavera los pecados de todos los hombres quedan olvidados. Un día así es una tregua para el vicio. Mientras ese sol continúe ardiendo, el peor pecador puede regresar. A través de nuestra propia inocencia recuperada distinguimos la inocencia de nuestros vecinos. (Thoreau, Walden, pp. 346-347)

walden

Walden Pond

En resumen, todas las cosas buenas son salvajes y libres. (Thoreau, “Walking”, p. 234)

Esta otra sentencia, esta vez en “Pasear”, nos conduce hacia una tesis mucho más fuerte en cuanto a la importancia del cosmos como naturaleza externa e incluso de nuestra naturaleza interna. No olvidemos que, en este ensayo, Thoreau quiere hablar de la vida humana “como parte constituyente” del mundo natural. Es decir, de aquello natural que hay en nosotros. Eso es el instinto, los impulsos salvajes, la tendencia a la libertad y a actuar más allá de la cultura adquirida. También tiene, a lo largo del texto, una vinculación ineludible con el Oeste, ya que el Oeste en los Estados Unidos del siglo XIX simbolizaba una esperanza de cambio y prosperidad a través de un entorno virgen y salvaje: la wilderness.

Por ello, algunas lecturas de “Pasear” sitúan a Thoreau como un defensor del Destino Manifiesto. Las más coherentes con el texto, sin embargo, identifican una profunda crítica hacia la ideología política del Destino Manifiesto, en la línea de una revisión ética y transcendentalista del concepto. Esto queda claro cuando el filósofo de Concord hace su famosa asociación del Oeste con lo Salvaje (que, como hemos visto, se traduce en una bondad más allá de la cultura, en algo parecido al buen salvaje rousseauniano).

El Oeste del que hablo no es más que otro nombre para lo Salvaje. (Thoreau, “Walking”, p. 224)

En sus diarios también hay una importante aportación a este tema, en la que manifiesta su interés por desvincularse de las ideologías políticas que mueven el Destino Manifiesto y la esperanza en el Nuevo Mundo. No se trata de un destino que nos lleve a imponer, finalmente, una cultura superior, sino todo lo contrario: observar el mundo cada vez como si fuera nuevo, mirarlo con inocencia.

¡Cuán novedosa y original puede ser cada nueva visión del hombre sobre el universo! Pues aunque el mundo es tan antiguo, y tantos libros se han escrito, cada objeto aparece indefinido para nuestra experiencia, cada campo de pensamiento completamente inexplorado. Todo el mundo es una América, un Nuevo Mundo. (Thoreau, Journal, 7 de noviembre de 1851)

Y, por supuesto, tenemos que observarlo como parte de él. No podemos pretender, como los filósofos más especulativos, limitarnos a hacer teorías mientras descuidamos el conocimiento más empírico, más material del mundo. En este sentido, desarrollar nuestras raíces, nuestras experiencias, es fundamental.

La mente se desarrolla en dos direcciones opuestas: hacia arriba para expandirse en la luz y el aire; y hacia abajo eludiendo la luz para formar la raíz. […] Una mitad del desarrollo de la mente debe mantenerse como la raíz, ―en estado embrionario, en el vientre de la naturaleza, más innata que al comienzo. Por cada sucesiva nueva idea o capullo, una nueva raicilla en la tierra. […]

El mero lógico, el mero razonador, que entrelaza sus argumentos como un árbol sus ramas en el cielo ―nada equivalente al desarrollo de sus raíces― es derribado por el primer viento. (Thoreau, Journal, 20 de mayo de 1851)

Aquí, Thoreau propone una ciencia que, pese a su transcendencia, no descuide el conocimiento empírico de lo real, su relación con el cosmos. Como contrapunto, unos años más tarde escribirá:

Creo que el hombre de ciencia comete este error, y la masa humana alrededor de él: que debas fríamente prestar atención al fenómeno que te entusiasma como si fuera algo independiente de ti mismo, y no como si estuviera relacionado contigo. El hecho importante es su efecto sobre mí. Piensa que no me incumbe ver otra cosa sino lo que él ha definido que es el arcoíris, pero no me importa si mi visión de la verdad es un pensamiento despierto o el recuerdo de un sueño, si se ve en la luz o en la oscuridad. Es el sujeto de la visión, la verdad sola, lo que me concierne. […] Respecto a tales objetos, me parece que no son ellos mismos (con los que tratan los hombres de ciencia) lo que me concierne; el punto de interés está en algún lugar entre mí y ellos (i.e. los objetos). (Thoreau, Journal, 5 de noviembre de 1857)

Laura Dassow Walls ha hecho el mejor análisis hasta la fecha sobre estas cuestiones, señalando además su importancia no sólo literaria y científica, sino principalmente ética. Esta filosofía ecocéntrica tiene como propósito impulsar una transformación de la vida humana, basada en una interacción sencilla e inocente con el entorno.

Thoreau aplicó el método científico que había aprendido para fines “superiores”: no para la apropiación nacionalista del territorio, o para el aumento de la acomodación de la naturaleza en recursos, o para el transporte de productos al centro de los mercados, sino para establecer la importancia vital de aquellos elementos volátiles de la experiencia que no pueden transportarse por los senderos de la comodidad. Esto significaba provocar que la gente “despierte” y transformar sus estados desde soledades acomodadas y alienadas hasta individuos comunitariamente responsables. (Walls, Seeing New Worlds, p. 178)

Esta responsabilidad, lejos de intentar imponer sobre el mundo concepciones de la bondad o la maldad, tiene un sencillo problema en mente: el compromiso con la vida propia y con nuestra realidad.

Vine a este mundo no para hacerlo un buen lugar para vivir, sino para vivir en él, sea bueno o malo. (Thoreau, “Civil Disobedience”, p. 368)

 

Bibliografía

  • Kamioka, Katsumi, “Thoreau’s Real Sense of Place in Walden”, en Anzai, Toshimi et al., Studies in HenryDavid Thoreau, Kobe: Rokko Publishing, 1999.
  • Rousseau, Jean-Jacques, Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, Madrid: Tecnos, 2010.
  • Thoreau, Henry David, The Writings of Henry David Thoreau. Journal, 14 vols., Boston: Houghton Mifflin & co., 1906.
  • Thoreau, Henry David, “Autumnal Tints”, en The Writings of Henry David Thoreau, vol. V, Boston: Houghton Mifflin & co., 1906.
  • Thoreau, Henry David, “Civil Disobedience”, en The Writings of Henry David Thoreau, vol. IV, Boston: Houghton Mifflin & co., 1906.
  • Thoreau, Henry David, “Night and Moonlight”, en The Writings of Henry David Thoreau, vol. V, Boston: Houghton Mifflin & co., 1906.
  • Thoreau, Henry David, “Walden”, en The Writings of Henry David Thoreau, vol. II, Boston: Houghton Mifflin & co., 1906.
  • Thoreau, Henry David, “Walking”, en The Writings of Henry David Thoreau, vol. V, Boston: Houghton Mifflin & co., 1906.
  • Walls, Laura Dassow, Seeing New Worlds: Henry David Thoreau and Nineteenth-Century Natural Science, Madison: The University of Winsconsin Press, 1995.

 

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