La sucesión de los árboles forestales

Ya tenéis a vuestra disposición esta traducción del ensayo “The Succession of Forest Trees”, de 1860, texto que hasta ahora no se había traducido a nuestro idioma. Como podréis comprobar, he consultado varias ediciones del texto, y he añadido una introducción donde comento algunas cuestiones respecto al contexto histórico del ensayo, su origen, sus ideas principales y, por supuesto, algunos detalles sobre esta edición. Además, he incluido una tabla de medidas y una nota bibliográfica con las obras que cita Thoreau.

El formato es similar al de “Manzanas silvestres”, para que sea más cómodo leer ambos textos impresos. Recomiendo la impresión de ambos a dos páginas por cara, ya que el tamaño de cada página es de A5.

Os recuerdo también que estoy consultando vuestras preferencias para la próxima traducción. Podéis comunicármelas a través de este formulario.

 

 

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Reseña: Thoreau y el lenguaje de los árboles

Quiero retomar esta antología, publicada por Richard Higgins, sobre la que hace ya mucho tiempo hice un muy escueto comentario a la espera de poder reseñarlo con más cuidado. Debo disculparme por la espera, porque creía sinceramente que había hecho esta reseña, aunque veo ahora que no.

Como dije en su momento, se trata de una recopilación de fragmentos sobre la vida vegetal, pero no se puede decir que sea una antología común. En primer lugar, porque nos encontramos ante un texto diseñado por el compilador, que no sólo ha seleccionado cuidadosamente los fragmentos sino que los ha organizado según su temática, llegando a dividirlos en diez capítulos, dentro de los cuales cada fragmento tiene un título y unas breves líneas introductorias. Y en segundo lugar, porque el autor ha introducido cada uno de esos capítulos, estudiando el origen de los fragmentos y su importancia para la vida y la obra de Thoreau. Si alguien me preguntara por una antología de Thoreau en inglés, sin duda le recomendaría, al menos, ésta.

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Higgins, Richard: Thoreau and the Language of Trees, Oakland: University of California Press, 2017, 230 pp.

Pocos libros satisfacen al ojo, la mente y el corazón tal plenamente como éste: una parte de elegía, dos partes de celebración, muy arraigadas en la tierra y rebosantes de puro gozo.

Éstas son las palabras, traducidas, de Laura Dassow Walls, que figuran en la contraportada del libro junto a las de otros grandes autores, como Jeffrey Cramer, conservador de la Thoreau Society Library. Creo que son una buena descripción de la impresión que causa este libro: es una edición extremadamente cuidada, en la que su autor demuestra un gran interés por el lector mediante los numerosos comentarios y las fotografías que acompañan cada fragmento de Thoreau, además de los dibujos que él mismo hacía en sus diarios.

Cuando comencé a leer el libro llamaron mi atención tres términos con los que, en su introducción, Richard Higgins describe qué suscitaban los árboles para Thoreau: “beauty”, “wildness”, “patience” (p. 1). Esta unión de elementos describe sin duda la vida vegetal y cómo aparece descrita a través de las obras de Thoreau.

La vegetación es, en primer lugar, bella. De tal belleza casi ningún esteta ha dudado jamás, y las mayores discusiones al respecto se han desarrollado en torno a cómo debería ser apreciada. Algunos han defendido que la forma natural, bella por sí misma, puede apreciarse en cualquier contexto y desprovista incluso de su entorno original (formalismo estético), mientras que otras teorías han proclamado la importancia de conocer la naturaleza, a través de las ciencias, para poder apreciarla estéticamente (modelo cognitivo científico) o bien a través de las emociones que produce (modelo emotivo). Otra alternativa ha sido la de Malcom Budd, quien propuso en 2002 la apreciación estética de la naturaleza “como naturaleza”, es decir, diferenciada del arte y de toda intervención humana. La belleza natural, para Thoreau, es algo mixto entre la propia forma o ley que rige en el cosmos y las emociones producidas por la sensibilidad al conocer el entorno y los elementos naturales. Mientras para el idealismo estricto la belleza se encontraría en un juego de conceptos subjetivos, desde el empirismo holista de Thoreau se propone una belleza que proviene de la acción intersubjetiva, de nuestra intimidad con el mundo. La intimidad de Thoreau con el reino vegetal es indudable: se sentía muy ligado al pino, como nos recuerda Higgins; gozaba con cada tono de las hojas otoñales, y otorgaba un valor especial a su muerte como una celebración de la vida; investigaba cada faceta de la naturaleza tanto con ciencia como con estética, apreciando no sólo sus características visibles sino también su tacto, su sabor y su aroma.

Pero si la vegetación fuera sólo bella, lo mismo nos daría que perteneciera al reino de los minerales. Una faceta fundamental de la vegetación es que está viva, tiene un impulso vital: la wildness. Esto es lo que, como señala Higgins, llegó a despertar las emociones de Thoreau. La belleza por sí misma, entendida de forma estática, le resultaba insuficiente. Las formas vegetales, aunque relacionadas con una ley universal, también están sujetas a condiciones materiales y su existencia no puede desligarse de esos variados impulsos que caracterizan la vida. Poco a poco, Thoreau se aproximó más a una unión entre el idealismo de influencia emersoniana y un empirismo crítico y, muchas veces, satírico. Así lo muestra Higgins en dos fragmentos consecutivos, titulados “Árboles ideales, reflejados I” y “Árboles ideales, reflejados II”, separados por once años. El primer fragmento, del 15 de junio de 1840, realiza una comparación entre la parte superior e inferior del árbol, siendo entonces las raíces un “árbol invertido”; Thoreau propone que en su similitud está la idea original del árbol, reflejada igual que los lagos reflejan el cielo. En el segundo fragmento, fechado el 9 de noviembre de 1851, el filósofo de Concord vuelve a referirse a los reflejos en los lagos, pero parece más burlesco, al referirse a que tal fenómeno se da siempre, aunque ninguna persona esté mirando. Si fuera una señal, un suceso cargado de significado, ¿no lo sería también para las vacas? —incluso “el más oscuro estanque en el valle menos frecuentado hace lo mismo” (p. 91).

En tercer lugar, la paciencia se manifiesta como la característica más representativa que diferencia, entre los vivientes, a los vegetales. No sólo por su lentitud y su longevidad, sino también con la aparente tranquilidad con la que caen sus hojas y mueren para nutrir a las siguientes generaciones. En “Colores otoñales”, Thoreau destacaba que las hojas caídas nos enseñan cómo morir, y que de ello deberíamos aprender para alcanzar una verdadera eternidad en este mundo. Thoreau admiraba que los árboles, en apariencia tan tranquilos y relajados, tengan una gran fuerza y resistencia; que lentamente extiendan sus raíces y se aferren a la tierra, sin prisa pero sin olvidar su cometido. Así, el trabajo continuo y paciente resulta mucho más eficaz que el impulso incontrolado o la angustia con conseguir cuanto antes, y de la forma más fácil, lo que se anhela. La vegetación es, por ello, ejemplo de sencillez, y con ella se comprende la importante diferencia ética entre lo sencillo y lo fácil o rápido.

Estas ideas, entre muchas otras, se encuentran en Thoreau and the Language of Trees. A través de los fragmentos escogidos por Richard Higgins, podemos observar la importancia y la significación que la vida vegetal tenía para el filósofo de Concord.

Higgins recoge, principalmente, fragmentos de los diarios, lo que supone un importante aporte para los lectores habituales de Thoreau. Pues lanzarse a leer los diarios puede resultar desesperante para quien busca unos contenidos en particular, mientras que una antología de obras publicadas puede parecer inútil para quien ya las ha leído o puede hacerlo. Casi todos los fragmentos del libro provienen de esta fuente, pero el compilador también añade algunas partes de los estudios naturalistas y las excursiones: Una semana en los ríos Concord y Merrimack, Los bosques de Maine, “Pasear”, “Colores otoñales”, incluso los manuscritos de Faith in a Seed y Wild Fruits.

Los capítulos mediante los que Higgins presenta estos fragmentos proponen una visión muy peculiar y sugerente. Dividiendo los primeros capítulos según el tipo de observación y descripción, Higgins establece una relación entre los árboles y el ojo (o la observación objetiva), el corazón (el gozo, el conocimiento emotivo), la poesía (o el lenguaje figurativo), la mente (el estudio científico o naturalista) y el alma (el vínculo religioso). Los fragmentos recogidos en cada uno intentan reflejar estas diversas perspectivas. En otros cuatro capítulos, recopila fragmentos sobre el pino (el “emblema” de Thoreau), el olmo, el roble, y el efecto de la nieve. Estos elementos naturales ocupan lugares destacados en toda la obra de Thoreau, especialmente el pino, al que el autor daba más valor, y el roble, en especial por sus extensas variedades tonales. El libro termina maravillosamente con un capítulo dedicado a la relación de los bosques con la navegación, que Higgins titula “Sailing a Sea of Green” (Navegando un mar verde); en su comentario introductorio, titulado “In a barque of bark” (En una barca de corteza), señala las comparaciones simbólicas entre explorar el bosque y adentrarse en un océano o navegar por un río. “Thoreau acaba navegar, en la vida real tanto como metáfora de la fluida armonía con la naturaleza” (p. 190).

Richard Higgins demuestra una gran sensibilidad poética en esta selección, en la que los textos se dividen por capítulos, con introducciones independientes, y cada fragmento cuenta con su propio epígrafe y, casi todos, con un pequeño comentario contextual. Si bien el libro no nos presenta un estudio especialmente novedoso en cuanto a los contenidos, ni ahonda en temas polémicos respecto al naturalismo de Thoreau, su estructura es innovadora y completamente original, y atiende por igual a múltiples momentos de la vida de Thoreau, componiendo un texto muy completo, sugerente e ideal para una lectura poética y desinteresada.

 

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Reseña: Paul Friedrich. The Gita within Walden

(Debido a que no comento con detalle en esta reseña la gran cantidad de comparaciones que establece Paul Friedrich, podéis consultarme al respecto si hay algún detalle en el que tengáis especial interés. En este enlace podéis ver su tabla de contenidos, o comprarlo.)

 

   Encontré este libro en la tienda del Thoreau Institute, junto a la orilla de Walden, y no pude evitar la tentación de adquirirlo. La premisa es apasionante, un tema que ha aparecido fugazmente en muy lúcidos estudios sobre esta obra del filósofo de Concord. Recordé al instante la breve referencia a ello en Los sentidos de Walden (publicado originalmente en 1972):

Como Walden, Bhagavad Gita es una escritura con dieciocho partes; empieza con el héroe desesperado ante la acción que le espera y termina con su comprensión y resolución, en particular con su comprensión de la doctrina (en la que la imagen del campo y el conocedor del campo es central) de que el camino del conocimiento y el camino del trabajo son uno y el mismo, lo que le permite emprender la acción que le corresponde y llevar su ejército contra un ejército de su linaje. (S. Cavell, Los sentidos de Walden, Pre-Textos, 2011, p. 155)

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Friedrich, Paul: The Gita within Walden, SUNY Press, 2009, 164 pp.

   Stanley Cavell dedica pocos comentarios más a descifrar esta relación. Por otra parte, Alan Hodder ha hecho un análisis más transversal de las relaciones del Gita y de otros textos orientales con varias obras de Thoreau, particularmente con A Week y Walden (en especial con su fábula del artista de Kouroo, que analiza extensamente) en su Thoreau’s Ecstatic Witness (2001).

   La obra de Paul Friedrich (1927-2016), publicada en 2009, intenta arrojar aún más luz sobre esta línea de investigación, complementando estos y otros estudios mediante una comparativa entre Walden y el conocido texto hinduista Bhagavad Gita.

   La intención del autor, como se observa desde el comienzo del libro, consiste en proporcionar una comparación directa y rigurosa entre los contenidos de ambos textos, mediante análisis que califica como “históricos, filosóficos y estéticos” (p. 2). De tal modo, traza una serie de conexiones a través de múltiples términos, conceptos e ideas: la noción de deidad; las referencias históricas y mitológicas; la simbología del hacha, el árbol invertido, el huerto y el ojo; valores sociales como la sinceridad y la igualdad; ideas metafísicas como la relación entre cuerpo y espíritu, la esencia, la liberación, y la eternidad; o los vínculos del trabajo, el conocimiento y la fe con las doctrinas religiosas hindúes.

   El Gita en Walden, o El Gita dentro de Walden, se inicia con un comentario sobre los usos del término “Dios” (God) en Walden y los conceptos de la divinidad que aparecen tanto aquí como en el texto sagrado del hinduismo, cuyos autores son, para Friedrich, poetas.

El Dios de estos poetas no es sólo omnipresente y omnipotente, sino también inmanente y transcendente. Su Dios es inmanente, por un lado, porque está en todas las cosas y emergiendo a través de ellas como poder divino. […] Dios es transcendente, por el otro lado, porque es superior a todo en los reinos del espíritu y del mundo material. (p. 14)

   A continuación encontramos un capítulo que, aunque un como confusamente, nos conduce hacia la visión de Walden como un texto que cita obras sagradas y que sitúa tras de sí una larga tradición de textos orientales. En un primer momento, Friedrich compara la recurrencia, tanto en Walden como en el Gita, de referencias a escritos sagrados, y en general a historias y a mitos. El protagonista de Bhagavad Gita relata estas historias mientras se prepara para una guerra, contextualizándola; el protagonista de Walden, por otro lado, lo hace mientras detalla la preparación de su cabaña, otorgándole un pasado y una cultura a la laguna y a los bosques. Desde esta semejanza, y la recurrencia de referencias a lo largo de Walden al Bhagavad Gita y otros escritos orientales, Friedrich se pregunta por el origen de esta influencia, y termina su segundo capítulo con un breve relato sobre su descubrimiento y estudio por parte de Thoreau.

   El autor continúa realizando comparaciones entre diversos elementos estas dos obras. Por ejemplo, establece una conexión entre el hacha de Thoreau y el “arma del conocimiento” del Bhagavad Gita. No obstante, la conexión no es evidente, ya que hay que remontarse al sánscrito “asi” para percatarse de que este arma, o espada, o filo, guarda alguna relación con el latín “ascia” y el inglés “ax”. Pero Friedrich no destaca traducciones de este término directamente por “hacha”, y dado que Thoreau no sabía sánscrito no resulta creíble que fuera consciente de esta conexión, como sí lo podía haber sido del vínculo entre su campo de judías y el huerto o campo (kshetra) del Gita: un terreno sobre el que trabajar para obtener la sabiduría, o para alcanzar la virtud. Éste es uno de los puntos más interesantes de todo el libro, habida cuenta de que “The Bean-Field” es uno de los capítulos más elogiados de Walden.

No quiero concluir esta reseña sin comentar otros dos puntos de este estudio.

   Es muy destacable el apartado dedicado a los aspectos metafísicos de Walden, es decir, a la discusión sobre la realidad y el hecho de existir o vivir. Friedrich considera que Thoreau mantiene un dualismo, pero en cierto sentido crítico, entendiendo que el cuerpo es “a la vez sagrado y profano” (p. 85), similar al que podemos encontrar en la doctrina del Bhagavad Gita. Por otro lado, Friedrich es defiende (o se aproxima más a) una interpretación emersoniana de Thoreau, por lo que algunos de sus comentarios pueden ser puestos en duda por un lector escéptico en tal punto, sobre todo en cuanto al significado de la realidad y la experiencia empírica a lo largo de Walden, que para el autor “reflejan una profunda internalización del Gita y de la lectura que Emerson hace de él” (p. 90).

   También es importante señalar la cuestión que quizás más viene a la mente cuando hablamos de la influencia oriental en Walden: la fábula del artista de Kouroo. Se sabe bien que Thoreau inventó esta fábula, y que sus influencias son muy variadas. Sólo en parte se relaciona con el Gita, por lo que Friedrich dedica pocas páginas a comentarla, aunque la cita por completo. Sobre ello, señala que los conceptos de pureza y perfección, que aparecen en esta fábula, son fundamentales en la historia narrada en Bhagavad Gita. Para profundizar en el significado de esta fábula resulta mucho más esclarecedor el análisis de sus fuentes realizado por Alan Hodder, y el breve pero sugerente comentario de Leonard Neufeldt en The Economist, donde vincula la fábula con los párrafos que la anteceden en Walden, a modo de preámbulo.

 

Para concluir, este libro tiene, a mi juicio, varios puntos criticables:

  • Primero, el texto carece de una profundización en el significado de Walden, más que en sus coincidencias con el Bhagavad Gita. No trabaja la obra de Thoreau por sí misma, de modo que no analiza cómo el autor puede estar adaptando o reinterpretando los textos sagrados para expresar otras ideas.
  • En segundo lugar, y en relación con lo anterior, el autor considera un gran número de comparaciones entre Walden y Bhagavad Gita, la mayoría de veces sin adentrarse en la cuestión de si sus coincidencias se deben a una influencia relevante en las obras, a una referencia ocasional, o a una casualidad. Sobre esto, ya hemos destacado el caso del hacha, que además Friedrich recuerda ocasionalmente a lo largo del libro presuponiendo que la influencia resulta indiscutible.
  • Finalmente, hay que añadir que en general, al realizar estas comparaciones, Friedrich ha atendido específicamente a las ideas de Bhagavad Gita que podemos hallar reflejadas en Walden, descuidando aquellas ideas de Walden que tal vez puedan entrar en conflicto con el texto hinduista.

Aun así, esto no resta valor al gran estudio comparativo realizado por Paul Friedrich en esta obra, que sienta una buena base para posteriores análisis más pormenorizados y críticos.

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Errata Naturae: las peores ediciones de las obras de Thoreau

Aunque en algún momento me propuse, para mis adentros, no criticar explícitamente a una editorial (pues alguna vez he escrito quejas formales dirigidas por correo electrónico y publicadas sin dar nombres ni títulos, y aun así he recibido por ello respuestas ofensivas y malas palabras), no puedo pasar por alto que, sin duda, muchos comprarán ediciones de las obras de Henry Thoreau publicadas por esta editorial, Errata Naturae, tal vez atraídos por esa estética moderna o por la variedad de su oferta. Ciertamente, es tentador hacerlo cuando ha sido la única editorial que ha publicado una traducción de A Week, o de la correspondencia con su amigo Harrison Blake. No obstante, debo advertir, y advierto, de que son (como poco) ediciones de valor cuestionable, de precio excesivo en comparación con la triste calidad que ofrecen y, en algunos casos, una grandísima estafa.

En otras ocasiones he hecho recomendaciones de libros, y en la sección de Bibliografíapodéis encontrar algunas publicaciones en castellano que son de mi agrado, además de otras tantas en inglés. No encontraréis (aunque admito que antes había uno) título alguno de Errata Naturae. Ésta será, por lo tanto, una no-recomendación; o, más bien, la recomendación de no adquirir ejemplares de esta editorial.

Sin duda, me arriesgo mucho al afirmar que son las peores ediciones. Creo que algunas otras editoriales han hecho, ocasionalmente, un peor trabajo, o, más bien, han contratado a alguien para hacerlo. Esto, no obstante, no sirve de excusa: no son los verdugos, pero los contratan y dictan la sentencia. Véase, por ejemplo, una traducción de “Walking” que estaba, sin previo aviso, mutilada (J. Olañeta; que ya incluía “Un paseo de invierno”, por lo que unir estos dos textos no es tan nuevo como parecen querer hacernos creer en Errata). Errata Naturae no ha hecho un trabajo mucho más valioso en Todo lo bueno es salvaje y libre, pero incluso en esta edición se tiene la decencia de indicar que se traducen fragmentos, aunque sea con un patético orgullo por convertir a Thoreau en un autor de “ese aforismo, esa frase o ese breve fragmento tras cuya lectura sentimos que algo destella”, como leemos en su sinopsis. Por mi parte, no criticaría tanto esto si no me hubiera percatado, a fuerza de hacer traducciones y algunas antologías, de que resulta imposible comprender qué dice Thoreau si sólo leemos una frase en cada párrafo.

Como digo, he meditado mucho si hacer o no esta crítica. Y no soy el único, entre quienes nos dedicamos al estudio a nivel filosófico de la obra de Henry Thoreau, que observa en esta editorial un grave problema para su difusión entre el público hispano. Entre la cantidad de publicaciones en inglés que uno puede adquirir, sólo en las ediciones más baratas y de bolsillo (y ni siquiera en todas) encontramos sus textos sin anotaciones ni introducción. Entre las ediciones españolas, incluso las más caras y ostentosas omiten comentarios, notas, introducciones y bibliografías. Puedo decir que nunca me sentí más estafado que al comprar la edición de A Week publicada por Errata Naturae, de la que ya desconfié al observar ese extraño título, Musketaquid, con el que tal vez pretendían darle un aspecto más “moderno” al libro, pero con el que sólo consiguen despedazar la obra, además sin dar explicaciones sobre el motivo por el que transforman el título.

No quiero olvidarme de mencionar la tremenda sensación de absurdo (en el sentido más puro: un absurdo existencial como el que describe Albert Camus en relación al suicidio) que me invadió al hallar, en una librería, una “nueva” edición de Walden, ¡una nueva edición!, ¡maravillosa!, ¡una nueva versión en nuestro idioma, anunciada a bombo y platillo, como siempre lo hace Errata!, que no obstante ofrecía el texto casi sobrio (aunque con notas a las que conviene dar cierto mérito), sin una mísera introducción. Los lectores de Walden conocemos la excesiva dificultad para leer y traducir este texto, como tantos otros de Thoreau, y la importancia de justificar cada una de sus interpretaciones. ¡Incluso las ediciones en inglés rara vez omiten notas aclaratorias, aunque lo presenten al público en su propio idioma! No en vano incluso la edición del libro publicada en Cátedra, traducida por Javier Alcoriza y Antonio Lastra, que incluye algunas pocas notas aclaratorias, comienza (¿qué menos?) con una introducción para el lector hispano sobre la vida de su autor y el contexto de la obra.

Podría parecer que en Errata Naturae tampoco estaban satisfechos con esto, porque solamente 5 años después, en 2017, publicaban otra nueva traducción de Walden, esta vez con una introducción (de unas míseras 10 páginas, para todo lo que cabría decir de esta obra) de Michel Onfray, uno de los filósofos menos destacables por sus estudios sobre Thoreau. Pero esto no impidió que la edición fuera, de nuevo, anunciada como una gran maravilla. ¡Era, por supuesto, la edición del bicentenario! ¡200 años de Thoreau, que no 200 años de Walden! ¿En qué cambiaba esta traducción respecto a la anterior? Sinceramente, no lo sé. Sólo hace falta echar un vistazo a las primeras páginas para ver que se trata del mismo traductor, Marcos Nava García (a quien no quiero faltar al respeto, ya que tiene mucho mérito traducir tal obra, y sé bien que la mayor parte de la responsabilidad de una edición no la tiene el autor, sino la editorial). Tal vez el único cambio fue esa introducción, la portada, y el precio (por supuesto, más caro). No creo que a los editores de Errata Naturae les remordiera la conciencia su penosa edición; estoy convencido de que no son más que unos timadores que querían ganar más dinero sin hacer mucho esfuerzo.

Con esto llego a la publicación que, definitivamente, me hizo decidir escribir esta breve nota crítica: Desobediencia. Antología de ensayos políticos. Publicada en 2015, se autodenomina “la primera antología que se publica en castellano de los escritos políticos de Henry David Thoreau”, y otras tantas barbaridades. Dejando de lado la discusión sobre en qué medida estos textos son políticos (estrictamente, sólo “Resistance to Civil Government” realiza una propuesta política, y el resto son, mayormente, de contenido ético), esta afirmación es rotundamente falsa y una estafa a los lectores de Errata Naturae. Entre los textos supuestamente inéditos que publican, por cierto, se encuentra “El espíritu comercial”, que yo mismo traduje hace ya algunos años (concretamente, en 2014), además de otros trabajos de Harvard, de los que creo que ninguno más coincide con los que yo he traducido (es difícil decirlo, ya que no he podido leer con detenimiento la edición y conozco el nefasto vicio de esta editorial por cambiar los títulos) además de un par de capítulos de Walden (de nuevo, de la traducción de nuestro querido Marcos Nava). Por lo demás, no hay otros textos inéditos y, menos aún, que no aparecieran antes en alguna antología. Aunque “Contra los reformadores” (escrito que, en realidad, está compuesto por anotaciones para otros proyectos) fue publicado en 2016 en El manantial, creo que también anunciándose como inédito. Si indagara en ello lo suficiente, no me atrevo a pensar qué más encontraría…

Errata Naturae estafa a sus lectores vendiendo como una novedad lo que se lleva haciendo en este país con Thoreau desde hace décadas. En 1985, el Grupo Cultural Zero publicaba una traducción de los mismos cuatro ensayos ético-políticos que se han vuelto a editar hasta la saciedad en nuestro idioma, pero introducidos (cada uno de ellos por separado, además de la introducción general) por el reconocido filósofo político Félix García Moriyón, con unos comentarios muy interesantes para el lector que ocupan cerca de la mitad del volumen. Respecto a los textos novedosos de la edición de Errata, insisto en que solamente lo son algunos de los textos de Harvard. Es una edición, además, que ni siquiera incluye todos los ensayos más relevantes.

Insisto en que Errata Naturae estafa a sus lectores cuando vende por casi 19 euros un libro cuyo contenido, al menos más de la mitad, no sólo no es inédito (como afirman) sino que puede encontrarse en otras traducciones completamente gratuitas, por ejemplo, en la edición publicada por In Itinere en 2012 (tres años antes que Errata), disponible en formato digital gratuito, con introducción y comentarios, y que puede descargarse en este enlace.

No creo que Errata Naturae pueda solucionar todos estos problemas, esta grandísima estafa, por mucha fe de erratas que haga. Yo, al menos, no tengo fe en ello. Y no quiero incidir demasiado, aunque sea un buen punto a tener en cuenta, en que el mismo Thoreau encontraría aberrante este afán por enriquecerse a costa de su nombre, esta ignominia. Bajo esa insignia, esa “a” torcida, no veo más que una forma disimulada (de hecho, muy mal disimulada) de pillaje. Pero ésta, por supuesto, es mi humilde opinión. Habrá quien disfrute de la lectura de estos libros, más por el texto (que suele ser destacable aunque la edición no lo sea) que por el libro. Respeto profundamente a quien tenga entre sus manos uno de los ejemplares marcados con esta deshonrosa firma, pues no se merece mi desprecio el lector sino quienes han promovido tal atrocidad.

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