Vida y entorno: la carrera científica de Henry Thoreau (2. Cosmos y sensación del lugar)

Continuamos con la segunda parte de esta antología sobre la carrera científica de Thoreau. En la anterior publicación comentábamos la influencia de Humboldt y Darwin, así como la aproximación progresiva de nuestro autor a la ciencia empírica. Dejaremos para el final la cuestión particular del empirismo. En esta parte quiero abordar otro tema que se alza como uno de los más conflictivos dentro de las interpretaciones más actuales de la filosofía thoreauviana: el ecocentrismo.

Tal vez la obra más extensa dedicada a dilucidar la importancia del entorno natural en los escritos de Thoreau (The Environmental Imagination, de Lawrence Buell) es también uno de los estudios sobre el tema que menos aclara esta cuestión. Buell, interesado especialmente por el aspecto literario, plantea de forma muy escueta la dificultad de describir una literatura en la que el entorno sea el protagonista en lugar del narrador, más aún desde la celebrada primera persona de Thoreau. No obstante, quiero plantear aquí una perspectiva muy diferente: pues no me refiero (o no solamente) a un estilo literario, sino a una exposición de conceptos y un discurso filosófico ecocéntrico. El argumento de Buell contra esta perspectiva consiste en una supuesta incompatibilidad entre el interés científico y la perspectiva ecocéntrica, que no obstante William Rossi (en «Thoreau’s Transcendental Eccocentrism») ha argumentado que no es necesaria. Para entender esto hay que profundizar en el modelo científico perseguido por Thoreau, especialmente en su multidisciplinariedad y en la concepción del mundo como un cosmos del que el observador siempre forma parte. A esto han contribuido enormemente las investigaciones de Laura Walls.

Del cosmos griego al ecocentrismo

Una sensación del lugar, una conciencia de los alrededores físicos de uno mismo, es una experiencia humana fundamental. Eso significa más para Thoreau. (Kamioka, «Thoreau’s Real Sense of Place in Walden», p. 13)

El artículo de Katsumi Kamioka, breve pero muy conciso, destaca la particularidad de la relación con el entorno del autor de Walden. Los lectores de esta obra conocemos muy bien esa intimidad, en el sentido positivo que expone el autor. Aunque también es muy significativo el sentido negativo que presenta tanto en Walden como en su ensayo «Pasear», del que ya citábamos en el apartado anterior un importante fragmento dedicado a la concepción del cosmos. Partiendo de esta idea, podemos adentrarnos en la centralidad del entorno para el conocimiento y para el desarrollo ético humano.

La Naturaleza es una profesora instruida e imparcial, que no difunde opiniones vulgares ni adula; nunca será radical ni conservadora. (Thoreau, «Night and Moonlight», p. 332)

Las numerosas descripciones, imágenes, mitos, etc. que emplea Thoreau a lo largo de sus obras reflejan esta importancia.

Es placentero pasear sobre estos lechos de hojas frescas, crujientes y susurrantes. ¡Con qué belleza van a sus tumbas! ¡Con qué suavidad yacen y vuelven al moho! […] ¡Cuánto ondean antes de descansar tranquilamente en sus tumbas! Ellas, que se elevaron con tanta altanería, ¡con qué satisfacción regresan al polvo otra vez, y se echan, resignadas a yacer y degradarse al pie del árbol, y proporcionan nutrientes a las nuevas generaciones de su especie, así como aleteaban en lo alto! Nos enseñan cómo morir. Uno se pregunta si alguna vez llegará el momento en que los hombres, con su presuntuosa fe en la inmortalidad, yazcan con tanta gracia y tanta madurez. (Thoreau, «Autumnal Tints», pp. 269-270)

 

Había un caballo muerto en un agujero de camino a mi casa, que me obligaba algunas veces a salirme de mi camino, especialmente por la noche cuando el aire era más pesado, pero la certeza que me daba del fuerte apetito y la inviolable salud de la Naturaleza me compensaba por ello. Adoro ver que la Naturaleza está tan llena de vida que puede permitirse sacrificar a una miríada y soportar que cacen a otra; […] ¡y que a veces llueva carne y sangre! (Thoreau, Walden, p. 350)

Estas explicaciones del mundo natural coinciden con una idea fundamental que observamos como uno de los puntos clave del capítulo sobre la primavera, en Walden: la inocencia. Los procesos naturales son éticamente inocentes para Thoreau, no pueden ser acusados de maldad al igual que el infante, o que las comunidades humanas salvajes (aunque actualmente esta terminología esté en cuestión) que se relacionan con su entorno manteniendo gran parte de esos impulsos y dictados naturales. Esto nos recuerda, inevitablemente, al buen salvaje de Rousseau, especialmente cuando señala su incapacidad para actuar moralmente mal, por el simple hecho de desconocer lo que la civilización llama «bien».

Podría decirse que los salvajes no son malos precisamente porque no saben lo que es ser buenos, puesto que no es ni el desarrollo de las luces, ni el freno de la ley, sino la calma de las pasiones y la ignorancia del vicio quienes les impiden hacer el mal. (Rousseau, Discurso sobre el origen y el desarrollo de la desigualdad entre los hombres, p. 148)

Con una especie de elogio hacia esta noción rousseauniana, leemos en «Primavera»:

En una placentera mañana de primavera los pecados de todos los hombres quedan olvidados. Un día así es una tregua para el vicio. Mientras ese sol continúe ardiendo, el peor pecador puede regresar. A través de nuestra propia inocencia recuperada distinguimos la inocencia de nuestros vecinos. (Thoreau, Walden, pp. 346-347)

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Walden Pond

En resumen, todas las cosas buenas son salvajes y libres. (Thoreau, «Walking», p. 234)

Esta otra sentencia, esta vez en «Pasear», nos conduce hacia una tesis mucho más fuerte en cuanto a la importancia del cosmos como naturaleza externa e incluso de nuestra naturaleza interna. No olvidemos que, en este ensayo, Thoreau quiere hablar de la vida humana «como parte constituyente» del mundo natural. Es decir, de aquello natural que hay en nosotros. Eso es el instinto, los impulsos salvajes, la tendencia a la libertad y a actuar más allá de la cultura adquirida. También tiene, a lo largo del texto, una vinculación ineludible con el Oeste, ya que el Oeste en los Estados Unidos del siglo XIX simbolizaba una esperanza de cambio y prosperidad a través de un entorno virgen y salvaje: la wilderness.

Por ello, algunas lecturas de «Pasear» sitúan a Thoreau como un defensor del Destino Manifiesto. Las más coherentes con el texto, sin embargo, identifican una profunda crítica hacia la ideología política del Destino Manifiesto, en la línea de una revisión ética y transcendentalista del concepto. Esto queda claro cuando el filósofo de Concord hace su famosa asociación del Oeste con lo Salvaje (que, como hemos visto, se traduce en una bondad más allá de la cultura, en algo parecido al buen salvaje rousseauniano).

El Oeste del que hablo no es más que otro nombre para lo Salvaje. (Thoreau, «Walking», p. 224)

En sus diarios también hay una importante aportación a este tema, en la que manifiesta su interés por desvincularse de las ideologías políticas que mueven el Destino Manifiesto y la esperanza en el Nuevo Mundo. No se trata de un destino que nos lleve a imponer, finalmente, una cultura superior, sino todo lo contrario: observar el mundo cada vez como si fuera nuevo, mirarlo con inocencia.

¡Cuán novedosa y original puede ser cada nueva visión del hombre sobre el universo! Pues aunque el mundo es tan antiguo, y tantos libros se han escrito, cada objeto aparece indefinido para nuestra experiencia, cada campo de pensamiento completamente inexplorado. Todo el mundo es una América, un Nuevo Mundo. (Thoreau, Journal, 7 de noviembre de 1851)

Y, por supuesto, tenemos que observarlo como parte de él. No podemos pretender, como los filósofos más especulativos, limitarnos a hacer teorías mientras descuidamos el conocimiento más empírico, más material del mundo. En este sentido, desarrollar nuestras raíces, nuestras experiencias, es fundamental.

La mente se desarrolla en dos direcciones opuestas: hacia arriba para expandirse en la luz y el aire; y hacia abajo eludiendo la luz para formar la raíz. […] Una mitad del desarrollo de la mente debe mantenerse como la raíz, ―en estado embrionario, en el vientre de la naturaleza, más innata que al comienzo. Por cada sucesiva nueva idea o capullo, una nueva raicilla en la tierra. […]

El mero lógico, el mero razonador, que entrelaza sus argumentos como un árbol sus ramas en el cielo ―nada equivalente al desarrollo de sus raíces― es derribado por el primer viento. (Thoreau, Journal, 20 de mayo de 1851)

Aquí, Thoreau propone una ciencia que, pese a su transcendencia, no descuide el conocimiento empírico de lo real, su relación con el cosmos. Como contrapunto, unos años más tarde escribirá:

Creo que el hombre de ciencia comete este error, y la masa humana alrededor de él: que debas fríamente prestar atención al fenómeno que te entusiasma como si fuera algo independiente de ti mismo, y no como si estuviera relacionado contigo. El hecho importante es su efecto sobre mí. Piensa que no me incumbe ver otra cosa sino lo que él ha definido que es el arcoíris, pero no me importa si mi visión de la verdad es un pensamiento despierto o el recuerdo de un sueño, si se ve en la luz o en la oscuridad. Es el sujeto de la visión, la verdad sola, lo que me concierne. […] Respecto a tales objetos, me parece que no son ellos mismos (con los que tratan los hombres de ciencia) lo que me concierne; el punto de interés está en algún lugar entre mí y ellos (i.e. los objetos). (Thoreau, Journal, 5 de noviembre de 1857)

Laura Dassow Walls ha hecho el mejor análisis hasta la fecha sobre estas cuestiones, señalando además su importancia no sólo literaria y científica, sino principalmente ética. Esta filosofía ecocéntrica tiene como propósito impulsar una transformación de la vida humana, basada en una interacción sencilla e inocente con el entorno.

Thoreau aplicó el método científico que había aprendido para fines “superiores”: no para la apropiación nacionalista del territorio, o para el aumento de la acomodación de la naturaleza en recursos, o para el transporte de productos al centro de los mercados, sino para establecer la importancia vital de aquellos elementos volátiles de la experiencia que no pueden transportarse por los senderos de la comodidad. Esto significaba provocar que la gente “despierte” y transformar sus estados desde soledades acomodadas y alienadas hasta individuos comunitariamente responsables. (Walls, Seeing New Worlds, p. 178)

Esta responsabilidad, lejos de intentar imponer sobre el mundo concepciones de la bondad o la maldad, tiene un sencillo problema en mente: el compromiso con la vida propia y con nuestra realidad.

Vine a este mundo no para hacerlo un buen lugar para vivir, sino para vivir en él, sea bueno o malo. (Thoreau, «Civil Disobedience», p. 368)

 

Bibliografía

  • Kamioka, Katsumi, «Thoreau’s Real Sense of Place in Walden», en Anzai, Toshimi et al., Studies in HenryDavid Thoreau, Kobe: Rokko Publishing, 1999.
  • Rousseau, Jean-Jacques, Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, Madrid: Tecnos, 2010.
  • Thoreau, Henry David, The Writings of Henry David Thoreau. Journal, 14 vols., Boston: Houghton Mifflin & co., 1906.
  • Thoreau, Henry David, «Autumnal Tints», en The Writings of Henry David Thoreau, vol. V, Boston: Houghton Mifflin & co., 1906.
  • Thoreau, Henry David, «Civil Disobedience», en The Writings of Henry David Thoreau, vol. IV, Boston: Houghton Mifflin & co., 1906.
  • Thoreau, Henry David, «Night and Moonlight», en The Writings of Henry David Thoreau, vol. V, Boston: Houghton Mifflin & co., 1906.
  • Thoreau, Henry David, «Walden», en The Writings of Henry David Thoreau, vol. II, Boston: Houghton Mifflin & co., 1906.
  • Thoreau, Henry David, «Walking», en The Writings of Henry David Thoreau, vol. V, Boston: Houghton Mifflin & co., 1906.
  • Walls, Laura Dassow, Seeing New Worlds: Henry David Thoreau and Nineteenth-Century Natural Science, Madison: The University of Winsconsin Press, 1995.

 

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Presentación de «Revolucionar cada día»

Presentación del libro en Hellín, el 26 de diciembre a partir de las 18:30, con motivo de la Feria de Autoedición.

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Vida y entorno: la carrera científica de Henry Thoreau (1. La influencia de Humboldt y Darwin)

Con este título, ciertamente complejo, quiero abordar una variedad de temas que, a mi juicio, forman parte de una gran línea de investigación en torno a la filosofía de Henry Thoreau: su desarrollo de un transcendentalismo naturalista y fundamentalmente empírico. Esta vía contiene una gran variedad de aspectos que han sido desarrollados especialmente en las últimas décadas y otros que aún merecen mayor atención. Entre ellos están su creciente interés por las ciencias naturales, la centralidad de los lugares y de la descripción de los entornos, las influencias de Alexander von Humboldt y Charles Darwin, el debate en torno al Destino Manifiesto y la wilderness, sus vínculos con el ecologismo, o el desarrollo, frente al idealismo de Emerson, de un empirismo fuerte.

Estos últimos dos meses me he familiarizado con tres acercamientos al pensamiento de Thoreau, que están teniendo un gran desarrollo en estos últimos años. Ya conocía bastante uno de ellos: la relación con el ecologismo y el estudio de la vida, aunque más en el terreno ético que con la profundidad científica que recientemente se ha hallado en los últimos manuscritos publicados: Wild Fruits y The Dispersion of Seeds. Entre otros, han trabajado este asunto con mayor rigor Laura Dassow Walls y Michael Benjamin Berger. En segundo lugar, ha cobrado una relevancia internacional (pues incluyo algunos artículos de la Thoreau Society of Japan, en especial un ensayo de Kamioka Katsumi) el llamado «sense of place», es decir, la sensación o percepción del lugar, basada en las descripciones de sus obras. En tercer lugar, Laura Dassow Walls desarrolló en Seeing New Worlds (1995), y aún en otras publicaciones además de en su biografía recientemente traducida (Henry David Thoreau: Una vida), el concepto de «holismo empírico», como una oposición thoreauviana al «holismo racional» de Emerson.

Estas tres aproximaciones encuentran un punto común en la tesis clave que muchos autores han sugerido y que tiene actualmente una presencia indiscutible: el giro de Thoreau, a partir de la década de 1850, hacia un mayor interés empírico y científico en el entorno natural y la realidad material. Pero lejos de describir este cambio, quiero ilustrarlo empleando algunos fragmentos del propio autor. Lo haré en tres publicaciones, siendo la primera ésta misma, dedicada a su relación con los estudios científicos de Alexander von Humboldt y Charles Darwin.

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Thoreau Institute Library

Humboldt y Darwin

Hay dos momentos clave del giro empírico de Thoreau. El primero sucedió en torno a 1850, con su lectura de Alexander von Humboldt; el segundo, en 1859, con la publicación del Origen de las Especies de Charles Darwin.

Antes de estos dos cambios, los escritos de Thoreau relacionados con el estudio científico eran especialmente vagos e imprecisos, aunque ya marcaran una dirección que, en líneas generales, seguiría toda su vida. Uno de sus primeros ensayos publicados en que se distancia de otros autores aportando su propio estilo e ideas fue «Historia Natural de Massachusetts» (The Dial, 1842), texto que, sin embargo, no nace de sus propios estudios científicos (que aún no había desarrollado), sino de la lectura de varios informes sobre las especies y el entorno natural de Massachusetts. La idea que más persiguió en sus posteriores estudios fue la unión entre el estudio empírico y la reflexión ética:

El verdadero hombre de ciencia conocerá la naturaleza mejor por su organización más sutil; olerá, saboreará, verá, escuchará, sentirá, mejor que otros hombres. La suya será una experiencia más profunda y fina. No aprendemos por inferencia y deducción y la aplicación de matemáticas a la filosofía, sino por una relación y simpatía directas. Con ciencia tanto como con ética, — no podemos conocer la verdad por inventiva y método; el baconiano es tan falso como cualquier otro, y con todas las ayudas de la maquinaria y las artes, el mayor científico seguirá siendo el hombre más sano y amistoso, y poseerá una sabiduría india más perfecta. (Thoreau, «Natural History of Massachusetts», p. 131)

No obstante, también hallamos ideas que serán como mínimo replanteadas por el Thoreau maduro, como la división entre el conocimiento y la ignorancia:

La ciencia es siempre valiente; pues conocer es conocer bien; la duda y el miedo se asustan ante su ojo. Lo que el cobarde ignora por prisa, ella lo escudriña con calma, abriendo camino como un pionero para el despliegue de las artes que le siguen en tren. Pero la cobardía es anti-científica; pues no puede haber una ciencia de la ignorancia. (Thoreau, «Natural History of Massachusetts», p. 107)

En referencia a las cosas importantes, ¿qué conocimiento vale más que la conciencia de su ignorancia? Además, ¿qué conocimiento reanima e inspira más que éste? (Thoreau, Journal, febrero de 1851)

Hemos escuchado hablar de una Sociedad para la Difusión del Conocimiento Útil. Se dice que el conocimiento es poder, y cosas similares. Creo que es igualmente necesaria una Sociedad para la Difusión de la Ignorancia Útil, lo que llamamos Conocimiento Bello, un conocimiento útil en un sentido más elevado: pues ¿qué es la mayoría de nuestro llamado conocimiento sino la arrogancia de que sabemos algo, que nos priva de la ventaja de nuestra ignorancia real? Lo que llamamos conocimiento es a menudo nuestra ignorancia positiva; la ignorancia, nuestro conocimiento negativo. (Thoreau, «Walking», p. 239)

Como podemos observar, el desarrollo del pensamiento thoreauviano no es sólo un cambio de metodología, sino también una reflexión sobre nuestras relaciones con el mundo y el modo de conocerlo. Esta defensa de la ignorancia útil es tanto epistémica (pues nos revela lo que no sabemos, lo que supone un conocimiento más necesario en un sentido socrático) como estética (pues se trata de un conocimiento bello).

En su relación con la Naturaleza los hombres me parecen en su mayor parte, a pesar de su arte, inferiores a los animales. No tienen habitualmente una relación hermosa, como en el caso de los animales. ¡Cuán escaso aprecio por la belleza del paisaje hay entre nosotros! Nos dicen que los griegos llamaban al mundo Κόσμος, Belleza, u Orden, pero no vemos con claridad por qué lo hacían, y lo consideramos como mucho sólo un curioso hecho filológico. (Thoreau, «Walking», p. 242)

La definición del Κόσμος griego ya aparecía en la Naturaleza de Emerson, al inicio de su tercer capítulo («Belleza»), pero con una importante diferencia: no mencionaba la traducción del concepto como orden.

Los antiguos griegos llamaron al mundo κόσμος, belleza. Tal es la constitución de todas las cosas, o el poder plástico del ojo humano, que las formas primarias, como el cielo, la montaña, el árbol, el animal, nos proporcionan un deleite en y por sí mismas; un placer a partir de su contorno, color, movimiento y agrupación. Esto parece en parte pertenecer al ojo mismo. El ojo es el mejor de los artistas. (Emerson, Nature, p. 13)

Es muy probable que esta doble definición, «Belleza y Orden», fuera tomada por Thoreau del Cosmos de Humboldt, o al menos reforzada por él. El cosmos ya no era la belleza ideal que Emerson describía (una pura conexión entre la observación del ojo humano y el espíritu que da forma al mundo), sino el conjunto del orden material en el que habitamos. La belleza, para Emerson, consistía en deleitarse con la observación de las formas ideales supranaturales; para Thoreau, en hallar el orden de la naturaleza que nos rodea.

El alma circunscribe todas las cosas. Como he dicho, contradice toda experiencia. Del mismo modo, abole el tiempo y el espacio. La influencia de los sentidos, en muchos hombres, ha dominado la mente hasta tal grado que los muros del tiempo y el espacio han llegado a parecer sólidos, reales e insuperables; y hablar con ligereza de estos límites es, en el mundo, signo de enfermedad. (Emerson, «The Over-Soul», p. 225)

Todo hombre es el constructor de un templo, llamado su cuerpo, para el dios que adora, detrás de un estilo puramente propio, del que ni puede zafarse martilleando el mármol en su lugar. Todos somos escultores y pintores, y nuestro material es nuestra propia carne y sangre y huesos. Cualquier nobleza comienza inmediatamente a refinar un rasgo del hombre, cualquier codicia o sensualidad a embrutecerlo. (Thoreau, Walden, p. 245).

Thoreau, sin tratar con ligereza los riesgos éticos que conlleva guiarse por las posesiones materiales y la sensación, da un salto que Emerson era incapaz de aceptar: no tenemos más remedio que vivir en nuestro cuerpo, cultivarlo, desarrollarnos en el tiempo y el espacio, y, en consecuencia, conocer este mundo material que habitamos, para poder vivir plenamente como humanos, teniendo conciencia de nuestras facultades, nuestras posibilidades, sus beneficios y sus perjuicios.

El máximo desarrollo de esta postura, que llevaría a nuestro autor hacia un mayor interés científico por el entorno natural, puede hallarse en sus últimos escritos, dedicados al estudio de especies vegetales y, especialmente, a la sucesión y dispersión vegetal. Este tema, como señala Michel Berger, tiene una fuerte conexión con la teoría de la evolución: Thoreau pretendía mostrar el modo en que se suceden diferentes especies vegetales, cómo se trasladan a lo largo del globo, pues éste era un punto clave en la teoría de Darwin que necesitaba respuesta, y al que científicos posteriores dieron soluciones semejantes.

El conocimiento de los mecanismos de dispersión de las semillas, los «ocasionales medios de transporte», es crucial para desarrollar explicaciones sobre la distribución geográfica de las especies consistentes con la teoría de Darwin. Éste es el punto en que los descubrimientos de Thoreau y la presentación en The Dispersion of Seeds apoyan y complementan el argumento de Darwin, detallando los posibles medios de transporte y demostrando, en contraste con las teorías de la generación espontánea y la creación específica, que las plantas que vemos provienen de las semillas, las portadoras de modificaciones heredadas (Berger, Thoreau’s Late Career, p. 51)

Cuando, por aquí, un único árbol forestal o un bosque brota naturalmente donde ninguno de su especie creció antes, no vacilo en decir, aunque en algunas regiones todavía puede sonar paradójico, que provenía de una semilla. Entre las diversas vías por las que se conoce que los árboles se propagan —por trasplante, esquejes, y similares—, éste es el único imaginable bajo esas circunstancias. Nunca se ha sabido de árbol alguno que haya brotado de otra cosa. Si cualquiera afirma que brotó de otra cosa, o de la nada, la carga de la prueba recae sobre él. (Thoreau, «The Succession of Forest Trees», p. 186)

Como señala Berger, las investigaciones de Thoreau han sido lamentablemente poco leídas en el mundo científico y actualmente no suponen una novedad; pero investigadores posteriores han coincidido con sus explicaciones, que actualmente han quedado demostradas.

 

Para una mayor profundización en estas ideas, recomiendo la lectura de las obras más científicas de Thoreau: «Wild Apples», «Autumnal Tints», «The Succession of Forest Trees», Wild Fruits y The Dispersion of Seeds (en Faith in a Seed).

 

Bibliografía

  • Berger, Michel Benjamin, Thoreau’s Late Career and The Dispersion of Seeds: The Saunterer’s Synoptic Vision, Camden House, 2000.
  • Emerson, Ralph Waldo, Nature, Boston: James Munroe & co., 1849.
  • Emerson, Ralph Waldo, «The Over-Soul», en Essays [first series], Boston: James Munroe & co., 1841.
  • Thoreau, Henry David, The Writings of Henry David Thoreau. Journal, 14 vols., Boston; Houghton Mifflin & co., 1906.
  • Thoreau, Henry David, «Natural History of Massachusetts», en The Writings of Henry David Thoreau, vol. V, Boston: Houghton Mifflin & co., 1906.
  • Thoreau, Henry David, «The Succession of Forest Trees», en The Writings of Henry David Thoreau, vol. V, Boston: Houghton Mifflin & co., 1906.
  • Thoreau, Henry David, «Walden», en The Writings of Henry David Thoreau, vol. II, Boston: Houghton Mifflin & co., 1906.
  • Thoreau, Henry David, «Walking», en The Writings of Henry David Thoreau, vol. V, Boston: Houghton Mifflin & co., 1906.

 

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